El ineludible consenso sobre Internet

 

 

Por:María Elena Meneses Rocha.

 

 

Profesora e investigadora en el Tecnológico de Monterrey en donde coordina la Cátedra Sociedad de la Información. marmenes@gmail.com



¿De quién es Internet? Se trata de una pregunta cuya respuesta resulta ineludible cuando la red está siendo atacada por diversos frentes. Rebecca Mackinnon, académica de la New American Foundation, cofundadora de la Organización Global Voices y excorresponsal de la cadena CNN en China, intenta responder esta pregunta en su libro Consent of the Networked (No sin nuestro consentimiento), publicado en 2012.

La disertación de la académica y periodista estadounidense parte de que los Estado pretenden controlar Internet por medio de la censura al estilo Pekín, o bien, como los malogrados líderes del Magreb. Lejos de lo que pudiera pensarse de la batalla por el control de la red, ésta no sólo parte de los gobiernos, sino también de las empresas de la economía digital.

El control se da de forma más blanda —pero no por ello menos implacable— mediante la pretención de leyes y tratados que tienden a garantizar la supervivencia del modelo industrial de la cultura basada en la propiedad intelectual. Una muestra son las iniciativas domésticas como la Stop Online Piracy Act (SOPA) y la Protect Intellectual Property Act (PIPA), congeladas en enero de 2012 por el Congreso de Estados Unidos luego de una protesta histórica, conocida como "El apagón de Internet".

Este momento, que pasará a la historia de Internet, fue encabezado por algunas empresas tecnológicas pero, sobre todo, por organizaciones como Wikipedia y Mozilla que se mantuvieron firmes hasta el último momento. La SOPA y la PIPA fueron objeto de cabildeos millonarios por parte de Hollywood y de la industria discográfica, los cuales se resisten a aceptar un paradigma de producción cultural diferente.

El problema de fondo es que la vigilancia de las prácticas culturales de los internautas, mediante procesos en los que participan los proveedores de servicios de Internet, pudiera afectar derechos fundamentales como la libertad de expresión y el derecho a la información. Mackinnon explica con rigurosidad y sentido crítico las batallas por Internet en este siglo. Se trata de una lucha económica que ninguna de las partes parece poder ganar por sí sola, no sin el consenso de los internautas.

Para comprender Internet, señala la autora, resulta necesario analizar las luchas y dinámicas de poder entre los diversos actores en juego, así como indagar en la forma en que nuestras libertades cada vez son más dependientes de servicios y plataformas que pertenecen al sector privado. Contra lo que pudiera pensarse, esta lucha con estrategias opacas no sólo se da en países autocráticos, sino también en democracias y, además, atraviesa ideologías y culturas.

La propuesta de Mackinnon es la articulación de una sociedad centrada en el ciudadano, en la que los gobiernos y la tecnología estén al servicio de la sociedad. Un enfoque humanista, necesario e impostergable en tiempos de preeminencia tecnológica y de discursos entusiastas ligados más con la mercadotecnia que con el desarrollo humano de las personas.

Para MacKinnon, Google, Facebook y otras empresas constituyen la esfera pública global en red (Global Networked Public Sphere) que, paulatinamente, toman el control de nuestra vida social mediante procesos poco transparentes, como el manejo de datos personales y una vigilancia de la que los ciudadanos sabemos poco y que de manera invisible o imperceptible provoca una suerte de ciberdependencia. Dependencia paradójica observada en las revueltas de África del Norte y en los movimientos de activistas que encuentran en las redes un espacio habilitador del disenso.

El llamado de Mackinnon es forjar un contrapoder ciudadano para el cual la naturaleza y arquitectura de Internet —cuyo protocolo no ha sido patentado, sino que permanece libre— son las mejores aliadas. Para Mackinnon, Internet es un bien común digital (Digital Common) que, en sus palabras, es el equivalente virtual a la sociedad civil observada por Alexis de Tocqueville. El lenguaje HTML, el sistema operativo Linux, las licencias Creative Commons y la enciclopedia Wikipedia son para la autora ejemplos de bienes comunes digitales que facilitan la producción social y, por tanto, el activismo de todo tipo. Además considera que estos promueven lo que Manuel Castells ha denominado contrapoder en red.

El libro reconstruye la Primavera Árabe para la cual los comunes digitales fueron fundamentales para la disidencia. Aunque cautelosa, la periodista reconoce que aún no sabemos si estos coadyuvarán a construir la democracia, sin embargo, es innegable que los protocolos abiertos sí ayudaron a los blogueros, tuiteros y hackers derrocar a dictadores como Zine El Abidine Ben Alí en Túnez y más tarde a Hosni Mubarak en Egipto.

Estos ciudadanos en la red, diversos, variopintos —desde la disidencia árabe hasta el colectivo Anonymous— articulan una sociedad civil digital que se autoimpone reglas y códigos de cooperación y convivencia. Este espacio, señala la periodista y activista, merece ser defendido en calidad de espacio público al margen de gobiernos y empresas. Ésta es quizá la propuesta central de este extraordinario libro, de indispensable lectura, que llama a los ciudadanos a ser los pilares de la sociedad digital que traspasa las fronteras, los controles gubernamentales y las corporaciones globales.

La batalla a la que invita MacKinnon no se mira fácil, los gobiernos tienen estrategias para imponer controles, desde filtros de censura —tecnología que paradójicamente es occidental—, hasta el uso de focus group para la toma de decisiones políticas y el trazo de políticas públicas. Otras formas de control más burdas son ejemplo de cómo los gobiernos desean controlar Internet. En Rusia se pagan a blogueros para incomodar a la disidencia, una práctica que en México fue frecuente durante el proceso electoral de 2012, sobre todo en la red social Twitter, en la cual trolls pagados por los partidos instigaban y provocaban sin descanso a los opositores. También hay casos extremos, como el del apagón de Internet en Egipto ordenado por Mubarak en el año 2011.

MacKinnon se desmarca de autores y enfoques ciberoptimistas —posturas llamadas por el crítico Evgeny Morozov “el delirio de Internet” por la escasez de distancia crítica sobre los supuestos beneficios que acarrea la red para la sociedad, como si ésta fuera mágica, transparente y neutra— y reafirma que el uso de la tecnología descansa en su generalización y en una conducta social y ética, así como en un cúmulo de derechos como la accesibilidad, la diversidad, la libertad y la seguridad en la red. Un deseo que convertido en movimiento pueda alcanzar algún día a la concientización observada en casi todo el mundo en torno al cambio climático.

La libertad en Internet, se lamenta MacKinnon, no ha dejado de ser un tema de expertos que no fluye a otras capas de la población. De esta forma, No sin nuestro consentimiento es un llamado a crear un ecosistema de ciudadanos informados sobre sus derechos en tiempos de Internet, para evitar así los abusos del poder gubernamental y corporativo. Es la hora de los ciudadanos en la red.


Referencias

 

MacKinnon, R. (2012). Consent of the Networked: The Worldwide Struggle for Internet Freedom. New York: Basic Books.

MacKinnon, R. (2012). No sin nuestro conocimiento. Deusto S.A. Ediciones



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ISSN: 2007-2678

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