Puyosa: Identidades y ocupación del espacio público en el ciclo de protestas venezolano de 2017

Identidades y ocupación del espacio público en el ciclo de protestas venezolano de 2017

Identities and occupation of public space in the 2017 cycle of protests in Venezuela


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INTRODUCCIÓN

Este estudio da continuidad a la línea de investigación sobre movimientos sociales en red (Puyosa, 2015a), desde la lógica relacional de la acción colectiva (Edwards, 2014), bajo la cual los activistas se apropian colectivamente de las tecnologías de comunicación (Agarwal, Bennett, Johnson y Walker, 2014) en procesos de ocupación del espacio público para la protesta política y la resistencia civil. En este marco, abordamos el análisis del ciclo de protesta de 2017 en Venezuela.

Basada en el estudio de casos típicos y en la revisión de la literatura sobre el tema de los movimientos sociales en el siglo XXI o movimientos en red (Castells, 2009, 2012; Dalhberg, 2011; Diani y McAdam, 2003; Lim y Kahn, 2008; McCaughey y Ayers, 2003; Ruijgrok, 2017), he identificado 10 dinámicas clave de este tipo de movilizaciones colectivas: 1) activación emocional de la movilización y elaboración de marcos de injusticia; 2) comunicación política autónoma con uso intensivo de internet y el teléfono móvil; 3) construcción de identidad colectiva y un lenguaje propio del movimiento; 4) debates en enclaves deliberativos; 5) carácter difuso de la estructura del movimiento y coaliciones fluidas de redes de activistas conectadas con múltiples organizaciones; 6) acción colectiva para la ocupación del espacio público; 7) acción política de contra públicos o contrahegemónicas; 8) dinámicas de capital social que combinan vínculos fuertes y vínculos débiles; 9) conformación de redes con estructura de mundo-pequeño; y, 10) propagación de ideas por difusión en cascadas o contagio en redes (Puyosa, 2015a).

En este artículo nos centramos en aquellas dinámicas que conectan la cultura política contrahegemónica y disidente con la construcción de identidades colectivas a partir de la ocupación del espacio público y la disputa comunicacional: a) activación emocional de la movilización y elaboración de marcos de injusticia; b) apropiación social de innovaciones tecnológicas para la comunicación política autónoma con uso intensivo de internet y el teléfono móvil; c) construcción de identidad colectiva y lenguaje estético del movimiento; d) acción colectiva para la ocupación del espacio público; y, e) acción política de contra públicos o contrahegemónica.

DINÁMICAS DE MOVIMIENTOS SOCIALES EN RED EN EL CICLO DE PROTESTAS DE 2017

El 30 de marzo de 2017, una decisión del Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela que limitaba los poderes de la Asamblea Nacional hizo reaccionar a la coalición opositora Mesa de la Unidad Democrática con la convocatoria a manifestaciones de protesta. Tras esa convocatoria inicial comienzan a registrarse protestas populares con contenido político en todo el territorio de Venezuela. Estas protestas son fuertemente reprimidas y se registra un promedio de un manifestante asesinado cada día, durante los 127 días del ciclo de protestas (ACNUDH, 2017). En este contexto políticamente extremo, el estudio presente analiza dinámicas de movimiento en red en las cuales se conectan las emociones, el cuerpo como vehículo de la protesta y la cultura digital.

Activación emocional de la movilización y elaboración de marcos de injusticia

En 2017, un nuevo ciclo de protestas arranca en Venezuela a partir de un evento estrictamente político: dictámenes del Tribunal Supremo de Justicia que quitaron sus atribuciones a la Asamblea Nacional. La indignación que este hecho produjo entre los venezolanos fue generalizada. En el ciclo de protestas de 2017 participaron personas de todos los estratos socioeconómicos en poblaciones a lo largo de casi todo el territorio nacional. Se registró participación de personas de diferentes grupos de edades, si bien fue notoria la mayor participación de jóvenes y de sectores más pobres, en comparación con los ciclos de protesta precedentes. Durante el primer mes del ciclo, el repertorio de protestas fue muy homogéneo y convencional (marchas, concentraciones, plantones, vigilias), y bajo una estrategia pacífica, aunque no sea evidente una estructura de coordinación de movilizaciones que haya facilitado tal homogeneidad.

En el caso, podemos observar cómo intervienen aspectos culturales, simbólicos, normativos y emocionales que son cruciales en los movimientos en red porque actúan sobre la expansión de los límites del sistema en el que emergen (McAdam, McCarthy y Zald, 1996). Coincidimos con la hipótesis de Jaspers (1998) de que las emociones son el fundamento de la solidaridad entre los activistas y la condición previa para una movilización efectiva. Las emociones de indignación, vergüenza, enojo, orgullo y esperanza han sido identificadas como importantes en los procesos de activación y movilización de los movimientos sociales (Goodwin, Jasper y Polletta, 2000). La indignación, la esperanza y la ira caracterizaron tres momentos distintos en este ciclo de protestas venezolano.

Los estudios de caso indican que en el inicio de la movilización social en red suele registrarse un choque moral generado por un suceso que se enmarca como una injusticia, para revelar un conflicto de valores entre las élites en el poder y sus víctimas (Castells, 2012; Poma y Gravante, 2017; Puyosa, 2015a). El choque moral ocurre cuando un evento o la revelación de una información genera un sentimiento de ultraje o de indignación, que obliga a las personas a reflexionar sobre la divergencia entre sus valores y la sociedad en que viven (Jasper, 1998; Poma y Gravante, 2017).

En la literatura sobre movimientos sociales, encontramos que el proceso que permite construir el sentimiento de indignación ante la injusticia como una forma de expresión de protesta política ha sido conceptualizado como injustice framing (Gamson, 1992; Poma y Gravante, 2017). El proceso sigue los siguientes pasos: 1) experiencia del choque moral; 2) reconocimiento de la amenaza contra la forma de vida de la comunidad de pertenencia; 3) identificación precisa de los responsables del ultraje; 4) enmarcado como una injusticia; y, 5) revisión de los valores en conflicto entre las creencias propias y el sistema de creencias de la élite en el poder (Puyosa, 2015a; Poma y Gravante, 2017).

En este caso, el choque moral no se da frente a ese evento específico sino frente a la acumulación de injusticias registradas en los quince años precedentes. Los venezolanos, que han venido experimentado un proceso de politización durante la última década, reconocieron el dictamen del TSJ no como una acción contra la clase política sino como una fractura del régimen democrático y, por tanto, como una amenaza a su identidad como país democrático y a sus aspiraciones de progreso. Asimismo, se da en el ciclo de 2017 una identificación precisa de los responsables del ultraje: la cúpula del chavismo, los altos funcionarios del gobierno, el Tribunal Supremo de Justicia, el Consejo Nacional Electoral y las Fuerzas Armadas Bolivarianas. Se produce entre abril y mayo de 2017 el enmarcado del chavismo como una ideología política que se ceba en la injusticia. Así, se hace prevalente el juicio de que el sistema de creencias de la élite chavista en el poder es irreconciliable con los valores y aspiraciones del pueblo venezolano.

Apropiación social de innovaciones tecnológicas para la comunicación política autónoma

Los procesos de comunicación autónoma son cruciales para la acción política colectiva de los movimientos sociales en red (Puyosa, 2015a). En general, los activistas en red desconfían de los medios y el fenómeno de la desconfianza es prevalente bajo regímenes autoritarios. Por eso, los procesos de comunicación autónoma de valores y símbolos de identidad, usando preferentemente la web, el teléfono móvil, la conversación cara-a-cara y la intervención del espacio urbano, son centrales en los movimientos en red (Puyosa, 2017).

Venezuela ofrece un contexto propicio para que la apropiación de tecnologías de comunicación e información para la comunicación política autónoma sea una dinámica clave en el surgimiento de un ciclo de protestas, que tenga características propias de los movimientos sociales en red. Vale destacar que en comparación con 2014 para el ciclo de protestas de 2017 se habían acentuado la hegemonía comunicacional oficial y se había hecho más generalizado el uso de mecanismos de censura, a la vez que empeoraron las condiciones de conectividad a internet (Puyosa y Chaguaceda, 2017). La penetración de internet en Venezuela ha crecido poco en los últimos cinco años; no obstante, los conectados suman 70% de la población del país y, paralelamente, se observa entre 2013 y 2017 una mayor politización de los usuarios.

Datos de una encuesta nacional de opinión pública permiten estimar que 48% de la población se enteraba de las convocatorias a movilización del ciclo de protestas de 2017 por plataformas sociales (Facebook, Twitter e Instagram), 7% por mensajería móvil (WhatsApp y Telegram) y 15% por medios noticiosos digitales. Es decir, 70% de la población se movilizaba a partir de mensajes que dependían de sus conexiones en internet. Del resto de la población, 8% se movilizaba a partir de llamadas telefónicas o conversaciones cara a cara, menos de 1% a través de medios masivos tradicionales (TV y Radio) y 20% aseguró que nunca se enteró de las convocatorias a movilización (More Consulting, 2017). Asimismo, 46% de la población reportó que se enteró de los resultados de las movilizaciones y de los efectos de la represión por plataformas sociales (Facebook, Twitter e Instagram) y 9% por mensajería móvil (WhatsApp y Telegram). Los medios masivos fueron la fuente de información de apenas 17% de la población. Las llamadas telefónicas o conversaciones cara a cara fueron la fuente de información de 6% de la población y otro 6% reportó ser participante activo en las movilizaciones por lo cual no requería de ningún medio para tener acceso a la información. Mientras que 15% de la población encuestada reportó no estar informada de la represión a movilizaciones de protesta.

Durante el ciclo se observó la ejecución sistemática de operaciones de desinformación, contrainformación y propaganda a través de Twitter, WhatsApp y algunos medios digitales. Durante el período fue común la propagación de información falsa o engañosa, incluyendo noticias que no habían sido contrastadas o confirmadas, noticias que llegaban a las audiencias de forma distorsionada y piezas de contrainformación que presentaban versiones alternas a los hechos acontecidos. Un fenómeno comunicacional que acompañó el ciclo de protestas de 2017 fue la circulación de notas de voz anónimas por WhatsApp, con las cuales se aprovechaba el efecto de las relaciones personales en la aceleración de la difusión de la propaganda. El aparato comunicacional oficial mantuvo sus prácticas de uso intensivo de bots políticos en Twitter para hostigar a usuarios que usan palabras clave predeterminadas [automated trolling], hacer RTs de contenidos producidos por usuarios predeterminados (e.g. Presidente Maduro), crear tendencias artificiales [social spam] y hacer hijacking de hashtags.

Los participantes en las movilizaciones reaccionaron construyendo sus propios canales de información, divulgación y convocatorias. En este sentido, destacó el uso frecuente de transmisiones [streaming] de video (Periscope y Facebook Live) y el uso intensivo de WhatsApp. Una iniciativa interesante para romper la censura fue Bus TV, un proyecto en el que un par de periodistas suben a los autobuses públicos y hacen noticieros en vivo sobre la situación del país que no es reportada por los medios de comunicación tradicionales.

Una novedad en el ciclo de protestas 2017 fue la aparición en Twitter de trolls que apuntan a generar vergüenza social entre los partidarios del chavismo y el uso deliberado discursos ofensivos, como ocurre en el caso de la cuenta @YoSoyJustin. Desde esa cuenta de Twitter, también se lanzaron operaciones de hacking que expusieron datos de altos funcionarios del chavismo que fueron obtenidos a partir de la entrada en las bases de datos del Carnet de la Patria, que deben obtener los venezolanos para poder tener acceso a la seguridad social.

Asimismo, aparecieron frecuentemente en Facebook e Instagram breves videos de escraches contra chavistas que viven fuera de Venezuela ostentando sus fortunas. Una práctica de comunicación guerrilla que tuvo mucho impacto externo, si bien fue rechazada por las vocerías de la oposición venezolana.

Otra novedad en el ámbito del mediactivismo fue la aparición de documentales sobre las protestas registrados con teléfonos móviles, por ejemplo, Selfiementary, que captura en primera persona la vida de un cineasta venezolano, antes y durante el ciclo de protestas de 2017; Retrato Urgente, una serie de entrevistas a través de la cámara web con protagonistas del ciclo de protestas. De igual forma, músicos venezolanos -tanto residentes en el país como en el extranjero- también participaron en el movimiento. Durante el ciclo de protestas, más de 50 canciones relacionadas con el movimiento fueron grabadas y compartidas en YouTube, Soundcloud y Barcamp. Las canciones de protesta se inscriben en una amplia variedad de géneros musicales y, posteriormente, han sido recogidas en dos CDs del proyecto Humano Derecho. Posteriormente, la protesta musical dio lugar a conciertos en solidaridad con el pueblo venezolano que se han realizado en las ciudades de Lima y Bogotá. Estas prácticas de mediactivismo contribuyeron a la propagación de la indignación, al encuadre de las injusticias y facilitaron la expresión de la identidad contrahegemónica de los manifestantes (Puyosa, 2019).

Construcción de identidad colectiva y lenguaje estético del movimiento

En el ciclo de protestas de 2017, no hubo campamentos de protesta que se convirtieran en espacios públicos de deliberación, como había ocurrido en el ciclo de 2014. La identidad colectiva del movimiento de resistencia de 2017 no se debatió en el espacio público, sino que fue una identidad construida en la acción. Fue una fuerte identidad de resistencia, contrahegemónica y con un marco de injusticia explícito. No obstante, los debates en los enclaves deliberativos, así como el intercambio informal a través de las redes sociales, contribuyeron a elaborar narrativas e imágenes que capturaron las razones de la lucha y los objetivos de la movilización (Conover et al., 2013) que se reprodujeron en espacios digitales.

Entre los elementos más característicos y originales del ciclo de protestas venezolano de 2017 destacan: a) la presencia de la música en la vanguardia de las protestas; y, b) la frecuente aparición de luchadores solitarios, quienes realizaban acciones de no-violencia, como confraternización con miembros de la Guardia Nacional Bolivariana, obstrucción del paso de los vehículos de represión y los icónicos desnudos de protesta.

A pesar de no contar con espacios públicos de convergencia para la construcción de identidad, los participantes en el ciclo de protestas de 2017 lograron construir símbolos propios. En primer lugar, pasaron de ser grupos aislados o incluso multitudes anónimas a tener una identidad colectiva: La Resistencia. Con el nombre de La Resistencia se conoció a una especie de vanguardia de los manifestantes, conformada por jóvenes, entre 10 y 30 años, que mostraban en su apariencia y en los dispositivos utilizados en su repertorio de protestas referentes de la cibercultura, los videojuegos y las novelas gráficas, así como de la Primavera Árabe y el ciclo venezolano de protestas de 2014 (Puyosa, 2019).

La Resistencia hizo de la protesta no solo una acción en donde arriesgaban sus propios cuerpos, sino también una proposición estética para conmover al imaginario colectivo. La Resistencia se escenificó a sí misma como rebelión que se apropió de códigos visuales y de registros estéticos que las sociedades contemporáneas identifican con la idea de revolución (Cruz Sánchez, 2017). Las manifestaciones masivas con mucha presencia de jóvenes guerreros con torsos desnudos y caras enmascaradas despojaron así de sus referentes de imagen al status quo político de la Revolución Bolivariana. Mas el ciclo de protestas de 2017 también presentó una apelación a la oposición entre las imágenes del poder y las imágenes de la rebeldía: de un lado estaban los uniformados armados y los vehículos blindados; del otro, jóvenes semidesnudos y manifestantes armados de instrumentos musicales (Puyosa, 2019).

En el ciclo de protestas de 2017, pareciera haberse derrocado simbólicamente al régimen chavista que gobernaba al pueblo venezolano. Hablamos de un derrocamiento simbólico en el sentido de que se produjo la construcción colectiva de un imaginario de levantamiento popular y la ruptura afectiva de la mayoría popular con respecto a la élite en el poder (Cruz Sánchez, 2017). El derrocamiento fáctico del régimen es otra cosa, indudablemente.

Acción colectiva para la ocupación del espacio público

Dentro de la lógica de la acción conectiva, el involucramiento individual en demostraciones a gran escala es personalizado; no se participa como miembro de un partido o una organización, se participa como individuo. Las tecnologías de información habilitan diversos caminos para que las personas participen y activen sus propias redes sociales, es decir, sus redes de afinidad y de cercanía (Agarwal et al., 2014; Bennett y Segerberg, 2015; Poell, Abdulla, Rieder, Woltering y Zack, 2016). La acción conectiva habilita a los grupos para compartir recursos con sus pares, facilitando flujos que no se darían sin la relación personal entre los movilizados. La coordinación de la multitud puede ser facilitada por sus redes de comunicación digital (Bennett y Segerberg, 2015; Poell, Abdulla, Rieder, Woltering y Zack, 2016). Así la acción conectiva facilita que surjan movimientos aparentemente sin liderazgo, que muestran niveles notables de coordinación, mientras que borran las fronteras entre la ocupación de los espacios públicos y las protestas digitales (Agarwal et al., 2014).

Como señalaba en el aparte anterior, en el ciclo de protestas de 2017, no se registró la ocupación estable de los espacios públicos. En cambio, sí se reporta un proceso de ruptura de los límites de los espacios en los cuales el chavismo toleraba la protesta y se dieron movilizaciones masivas en casi todas las entidades del país. No obstante, el espacio de la protesta ya no fue la plaza o el vecindario en donde era posible que se dieran procesos de convergencia de ideas y se consolidaran espacios deliberativos. En 2017, la protesta ocurrió en no-lugares: las grandes avenidas y las autopistas que sirvieron de escenario para marchas y concentraciones.

En el segundo mes del ciclo, el movimiento de protesta dio un giro: con el paso a la vanguardia de la movilización de los jóvenes (algunos casi niños) de La Resistencia (Puyosa, 2019). Estos manifestantes no parecían tener vínculos orgánicos con partidos políticos, como si los tuvieron los estudiantes de los campamentos de protesta de 2014 (que se vinculaban principalmente al partido socialdemócrata Voluntad Popular, al partido marxista Bandera Roja y la organización radical juvenil JAVU) (Puyosa, 2015b).

La Resistencia mostró una organización táctica funcional: a) escuderos: quienes protegían a la cabeza de las movilizaciones con frágiles escudos de MDF o zinc, o con escudos antimotines que les lograban quitar a los funcionarios de los cuerpos de seguridad; b) arqueros, quienes recogían y devolvían las bombas lacrimógenas; c) artilleros, quienes respondían con piedras y bombas molotov a los cuerpos de seguridad que actuaban en la represión; y, d) ayudantes, quienes preparaban las cajas de bombas molotov. Entre los ayudantes era frecuente encontrar a niños de la calle, es decir, niños que viven de la mendicidad en las calles de las ciudades de Venezuela. Este reparto de roles en la acción política de la rebelión involucra a sujetos que se coordinan en una representación colectiva de la manifestación pública (Puyosa, 2019).

Es acción dramatúrgica, dado que los participantes se ponen a sí mismos en escena y suscitan imágenes que develan más o menos intencionalmente su propia subjetividad (sentimientos, deseos, actitudes) (Habermas, 2001). Una autoescenificación de la rebelión con una elevada carga política. Se registra un performance de levantamiento, de quiebre del apaciguamiento, en que las acciones contribuyen a crear una identidad colectiva en la cual la multitud se reconocía intersubjetivamente. En el espacio público, las multitudes sin líderes se expresaron en cuerpos y rostros individuales. Un caso de elevado valor icónico fue el incidente protagonizado por Hans Wuerich: un cuerpo desnudo y vulnerable enfrentando a un vehículo antimotines, el 20 de abril en la autopista que cruza Caracas. El poder de ese cuerpo y de esa imagen reside precisamente en su fragilidad ante el poder de la represión armada (Cruz Sánchez, 2017).

Al inicio del tercer mes del ciclo de protestas, un nuevo patrón comenzó a emerger en las entidades Barinas y Táchira: se registraron ataques contra sedes del oficialista Partido Socialista Unido de Venezuela, así como contra sedes locales de organismos públicos. En estos estados, se reportó la participación en las protestas de disidentes del Gobierno e incluso de funcionarios de cuerpos de seguridad. Las protestas más violentas durante el ciclo de 2017 se produjeron precisamente en Barinas, ciudad natal del fallecido presidente Chávez (Puyosa, 2019).

En contraposición a esos flancos de violencia, otros espacios de manifestación se dieron en torno a la palabra y la protesta pacífica. Especialmente en Caracas, grupos de manifestantes construyeron una vinculación con el lenguaje de paz a través de la pancarta. Es el caso de la iniciativa Dale Letra que, sobre un soporte desplegable y fácilmente visible, propuso la escritura-levantamiento, en oposición al control de la palabra por parte de la hegemonía comunicacional del poder.

Acción política de contrapúblicos o contrahegemónica

Dahlberg (2011) propone cuatro tipos de acción política democrática en el contexto de los entornos digitales: liberal-individualista, deliberativa, contrahegemónica y comunalista. En cada uno de estos tipos se registran distintos procesos de construcción de la identidad, modos de comunicación, prácticas de acción colectiva y formas de organización. A los movimientos sociales en red corresponde al tipo de acción política contrahegemónica (Puyosa, 2015a).

El ciclo de protestas de 2017 en Venezuela fue claramente contrahegemónico. La orientación democratizadora de este tipo de movimientos sociales está marcada por la exposición de los lazos de solidaridad entre los diferentes grupos humillados y marginados, que disputan las relaciones sociales de inclusión/exclusión impuestas por el poder político. Concebidos como contrapúblicos, los activistas de los movimientos en red construyen espacios de interacción comunicativa que desafían los discursos dominantes y las prácticas hegemónicas. En consonancia, el principal logro de las protestas de Venezuela en 2017 fue hacer que los espectadores globales descubrieran el carácter autocrático del régimen encabezado por Nicolás Maduro.

Mas de la acción contrahegemónica, surgen vertientes deliberativas y comunalistas. A contramano de la radicalización del movimiento y de la creciente prominencia de los flancos radicales, hacia el final del ciclo de protesta, varias iniciativas comenzaron a provocar un debate sobre el uso de acciones de resistencia civil no-violenta y la construcción de grupos de trabajo colectivo. Estas iniciativas incluyeron el Laboratorio Ciudadano de No Violencia Activa, Dale Letra (performances públicas que promueven el discurso público pacífico), Billete Alzao (performances públicas que exponen la hiperinflación), Piloneras (mujeres que usan la música de cantos de trabajo tradicionales con letras que promueven el cambio social) y Poesía Resistencia (que usaba versos alusivos a la idea de resistencia civil durante las manifestaciones y también publicaba dichos versos en Instagram) (Puyosa, 2019). Estas iniciativas recurrieron a repertorios festivos de protesta no-violenta (como el uso de música, teatro, disfraces y humor), que según Chenoweth y Stephan (2011) pueden ser particularmente útiles en campañas de resistencia contra regímenes autoritarios.

CONCLUSIONES

Este estudio exploratorio proporciona indicios sobre la emergencia de una cultura de resistencia civil en Venezuela durante el ciclo de protestas de 2017. En este caso, tanto el porcentaje de participación como la incorporación de nuevas tácticas al repertorio de protesta constituyen hitos con respecto a lo que habían sido los ciclos de protestas previos en Venezuela, desde 2001 hasta 2016.

Observamos cómo la indignación fue la emoción activadora de la movilización, tal como se propone en la teorización sobre los movimientos sociales en red. La esperanza marcó la fase de crecimiento del movimiento. Y el ciclo de protestas se precipitó a su fin en la medida en que la ira frente a la represión llevaba a la conformación de flancos radicales y, después, a la ausencia de soluciones políticas llevara a la dispersión de los movilizados.

La apropiación social de innovaciones tecnológicas para la comunicación política autónoma con uso intensivo de Internet y el teléfono móvil ha sido característica de las protestas en Venezuela en la última década. Hay que destacar que toda la población conectada del país tiene como principal mecanismo de información sobre protestas, movilizaciones y represión a las plataformas de social media, a los nuevos medios digitales y a la mensajería telefónica personal. Lo que agrega importancia al problema de la propaganda automatizada y la desinformación patrocinada por el gobierno en los entornos digitales.

Además de los usos expresivos y organizativos de las plataformas de social media y a la mensajería telefónica personal que ya habían tenido relevancia en ciclos de protesta previos, en 2017, se observó mayor sofisticación y potencia creativa en las prácticas de mediactivismo que contribuyeron a la propagación de la indignación y al encuadre de la injusticia.

La expresión de la identidad contrahegemónica de los manifestantes tuvo una particular potencia estética en este ciclo de protestas. Fue especialmente notorio con respecto a los manifestantes identificados con La Resistencia, que mostraban en su apariencia y en los dispositivos utilizados en su repertorio de protestas referentes de la cibercultura, los videojuegos y las novelas gráficas, así como de la Primavera Árabe y del ciclo venezolano de protestas de 2014. Mas también hubo una potente expresividad en la presencia de músicos en la vanguardia de las manifestaciones masivas. Así como en los icónicos luchadores solitarios, que intentaban confraternizar con efectivos de las fuerzas de represión.

En 2017, la protesta ocurrió en grandes avenidas y las autopistas, que sirvieron de escenario para el levantamiento, el quiebre del apaciguamiento, para la concentración de una multitud en rebelión, que usó el despliegue de sus cuerpos en el espacio público como mecanismo de expresión política. Destacamos que La Resistencia no solo arriesgaba sus cuerpos al enfrentar la represión, sino que probablemente sin proponérselo convirtieron la estética de sus cuerpos frágiles en una poderosa arma de protesta. Los desnudos guerreros alineados en rebelión frente a equipos antimontines despojaron al status quo de la Revolución Bolivariana de su narrativa de épica popular frente a un imperio agresor. El discurso de la propaganda oficial quedó nulificado: de un lado estaban los uniformados armados y los vehículos blindados; del otro lado, jóvenes semidesnudos y manifestantes armados de instrumentos musicales. La construcción colectiva de un imaginario de levantamiento popular y la ruptura afectiva de la mayoría popular con respecto a la élite en el poder pusieron a la vista un derrocamiento simbólico del régimen chavista y su fachada de proyecto nacional-popular. En consonancia, el principal logro de las protestas de Venezuela en 2017 fue hacer que los espectadores globales descubrieran el carácter autocrático del régimen encabezado por Nicolás Maduro.

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ISSN: 2007-2678

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