Candón-Mena: Identidad colectiva y cultura digital en México: Del EZLN al movimiento #yosoy132

Identidad colectiva y cultura digital en México: Del EZLN al movimiento #yosoy132

Collective identity and digital culture in Mexico: From the EZLN to the #yosoy132 movement


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INTRODUCCIÓN

El objetivo de este texto es hacer una comparación entre las identidades y la cultura digital de dos movimientos mexicanos: el Neozapatismo y #Yosoy132. El texto pretende, en primer lugar, enmarcar teóricamente ambos movimientos a partir de la teoría de la acción colectiva y, posteriormente, evidenciar a través de técnicas cualitativas las diferencias culturales entre ellos, que justifican su encuadre en perspectivas de estudio diferentes. El Neozapatismo podría así enmarcarse en lo que se ha dado en llamar los recent, novísimos o new new social movements, o los nuevos movimientos globales del ciclo altermundista mientras que, en nuestra opinión, el 132 guarda más semejanzas con movimientos contemporáneos, como el 15M español, con un carácter más transversal y ciudadanista, que en términos culturales y de identidad marca distancia con la izquierda clásica, sin que ello tenga por qué significar una pérdida de radicalidad en sus proposiciones políticas.

MARCO TEÓRICO

En la teoría de los movimientos sociales, la llamada Teoría de Movilización de Recursos (TMR) se caracterizaba inicialmente por una perspectiva estructuralista. Sin embargo, desarrollos posteriores añaden la importancia de la identidad, la ideología y la cultura, particularmente, a través de lo que Gamson (1988) denomina marcos de acción colectiva definidos como los esquemas interpretativos que inspiran y legitiman la acción de los movimientos.

Desde esta perspectiva constructivista, en los movimientos sociales se generan entendimientos y sentimientos compartidos como resultado de la negociación de significados preexistentes que, acudiendo a la sabiduría popular, la experiencia o elementos de la cultura política se configuran de manera intersubjetiva durante el mismo proceso de la movilización. Jürgen Gerhards (1995) describe los procesos de enmarcamiento como esfuerzos estratégicos y conscientes realizados por los actores sociales para construir interpretaciones compartidas del mundo y de sí mismos que legitiman y motivan la acción colectiva. Los movimientos dan a las demandas sociales formas más amplias a través del proceso de enmarcamiento. Así, los marcos son bagajes ideológicos y discursos culturales, que justifican, dignifican y animan la acción colectiva, creando confianza y cooperación basadas en presupuestos compartidos por diversos individuos o grupos sociales.

Según Tarrow “los intentos de movilización simbólica acompañan a todo movimiento moderno” (Tarrow, 1997, p. 208) de forma que “una de las principales tareas de las organizaciones del movimiento es encontrar símbolos que resulten lo suficientemente conocidos como para movilizar a la gente” (p. 209). Así, “los movimientos enmarcan su acción colectiva en torno a símbolos culturales escogidos selectivamente en un baúl de herramientas culturales que los promotores políticos convierten creativamente en marcos para la acción colectiva” (p. 209-210).

Según este enfoque estratégico “los símbolos de la acción colectiva no pueden leerse como un texto independientemente de las estrategias y las relaciones conflictivas de los movimientos que los difunden en el tiempo y el espacio” (p. 214) ya que, “a partir de una serie de posibles símbolos, los promotores de un movimiento […] escogen aquellos que esperan mediarán óptimamente entre los sustratos culturales de los grupos a los que apelan, las fuentes de la cultura oficial y los militantes de sus movimientos” (p. 214). Desde este punto de vista el concepto de marco relaciona texto y contexto, gramática y semántica

Swidler define la cultura como herramienta al hablar de los “procesos de bricolaje a través de los cuales los distintos elementos de un stock cultural se recombinan para crear modelos específicos o ejemplos de lo que es la conducta socialmente definida” (1986, citado en McAdam, McCarthy y Zald, 1999, p. 376).

Snow y Benford sostienen que los marcos para la acción colectiva están relacionados con la forma en que los movimientos sociales construyen el significado ya que son un “esquema interpretativo que simplifica y condensa el ‘mundo de ahí fuera’ puntuando y codificando selectivamente objetos, situaciones, acontecimientos, experiencias y secuencias de acciones” (1992, citado en Tarrow, 1997, p. 137). Los movimientos son “consumidores de significados culturales existentes, además de productores de otros nuevos” (Tarrow, 1997, p. 215)

En este sentido introducen el concepto de alineamiento de marcos cuando los movimientos “orientan el marco de sus movimientos a la acción y le dan forma en la intersección existente entre la cultura de una población objetivo y sus propios valores y fines” (Tarrow, 1997, p. 215-216).

Klandermans define la formación del consenso como el resultado de la convergencia espontánea de significados, donde al margen de cualquier control se producen definiciones colectivas de una situación. Pero más adecuado para este texto es la movilización del consenso definida como los “intentos deliberados de difundir los puntos de vista de un determinado actor social entre los estratos de una población” (1988, citado en Tarrow, 1997, p. 217-218).

Por su parte, Hirschman (1991) introduce la retórica del cambio, un discurso que subraya la importancia y la urgencia del problema denunciado, la necesaria actividad para afrontarlo y la posibilidad como expectativa de lograr éxitos a través de la movilización.

El análisis antropológico de la cultura (Geertz, Turner), los marcos y roles de la psicología social (Goffman, Snow, Gamson), el análisis dramatúrgico y retórico (Edelman, Gusfield), el concepto de cultura como repertorios para la acción y herramienta (Tilly, Swidler) son conceptos fundamentales para abordar la importante lucha cultural que llevan a cabo los movimientos.

Para Neveu (2009) “el interés de estos enfoques consiste en reintegrar, dentro del análisis de los movimientos sociales, una dimensión de lo cultural, subrayar el incesante trabajo de reciclaje de creencias, de referencias históricas, de estereotipos, de conocimientos compartidos en el trabajo de legitimación de sus causas, y de hacer con ello inteligible la fuerza de los movimientos que saben movilizar aquello que Gamson da en llamar ‘resonancias culturales’” (p. 143).

Profundizando el camino abierto dentro del paradigma teórico de la movilización de recursos (TMR) y el enfoque del proceso político, tanto por la perspectiva histórica/cultural a través de los repertorios de acción colectiva como por la perspectiva culturalista de los marcos culturales, la teoría de los Nuevos Movimientos Sociales (NMS) asume el enfoque constructivista situando el concepto de identidad colectiva en el centro de su análisis. Sin embargo, la perspectiva de los NMS destaca también por su enfoque macrtoestructural a través del cual mantiene el vínculo con el contexto político y económico (en su caso la etapa de crecimiento y los estados del bienestar en Europa, y buena parte del mundo occidental) y su influencia en los valores, reclamaciones y formas de acción y organización de los nuevos movimientos (en el contexto de los años 60 y 70, el posmaterialismo ampliamente estudiado por Inglegart, 1971).

La cultura y la identidad son, pues, una cuestión fundamental para los movimientos sociales, pero a su vez esta se configura permeada por un contexto político y económico más amplio. Es en esta intersección entre la cultura y la identidad de los movimientos sociales, por una parte, y el contexto social, político y económico, así como los sujetos protagonistas de la acción colectiva, por la otra, donde resulta de interés la comparación entre los movimientos mexicanos del Neozapatismo y el YoSoy132.

Aprovechando el bagaje teórico acumulado en el estudio de los movimientos sociales, trataré de identificar similitudes y diferencias entre ambos movimientos. Básicamente, desde la teoría de los Nuevos Movimientos Sociales (NMS) (Touraine, 1984; Habermas, 1981; Offe, 1985; Melucci, 1989, 1994, 1996 y 1999) y algunos apuntes sobre la reciente perspectiva de los llamados Novísimos o New New Movimientos Sociales (NNMS).

METODOLOGÍA

La presente investigación hace uso de las técnicas cualitativas de la observación participante y no participante (Erlandson, Harris, Skipper y Allen, 1993) y de la revisión documental (MacDonald y Tipton, 1993) para el análisis de ambos movimientos.

En el caso del zapatismo, prima la revisión documental y un breve periodo de observación participante durante el II Encuentro de los pueblos zapatistas con los pueblos del mundo, celebrado en 2007 en el caracol de La Realidad. En cuanto al movimiento #Yosoy132, el trabajo de campo se realizó en julio y agosto de 2013, durante una estancia de investigación en la Universidad Nacional Autónoma de México, bajo la tutela de la Dra. Delia Crovi. Durante la estancia se realizaron un total de 25 entrevistas y se organizaron dos grupos de discusión. En concreto, se realizaron 16 entrevistas a activistas de diversos estados mexicanos durante el XVI Encuentro Nacional del movimiento, celebrado los días 27 y 28 de julio en la Universidad Autónoma de Zacatecas; tres entrevistas en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México, escenario de la protesta que da origen al movimiento; tres en la UNAM; y otras tres en Querétaro. Además, se organizaron dos grupos de discusión en la Ciudad de México.

El estudio se complementa con observación participante, entrevistas y grupos de discusión sobre el movimiento español del 15M, cuya utilidad para el presente texto se limita a servir de comparación con el 132.

ANÁLISIS COMPARATIVO ENTRE EL MOVIMIENTO ZAPATISTA Y EL 132 MEXICANO

Entre el zapatismo y el 132 hay diferencias evidentes de contexto: uno es eminentemente rural, el otro, más urbano; uno es típicamente indigenista, el otro, estudiantil, etcétera. Pero más allá de ello sostengo que entre ambos se produce también una evolución general que se produce en la cultura de los movimientos sociales más allá del contexto mexicano y que podemos rastrear en torno a algunos asuntos como los discursos y símbolos culturales, la relación con la tecnología, la actitud ante las instituciones, las formas de acción colectiva, etcétera.

Ambos movimientos marcan diferencias, y también algunas continuidades, tanto respecto a los viejos movimientos sociales, en particular el movimiento obrero, como en cuanto a los NMS de los años 60 y 70.

Respecto a los viejos movimientos sociales y el análisis marxista, estos movimientos comparten en distinto grado el rasgo fundamental de las reivindicaciones sobre cuestiones materiales, aunque esto es mucho más evidente en el movimiento neozapatista y se expresa sobre todo en su denuncia de la globalización neoliberal. Siguiendo la estela del neomarxismo de los años 60 y 70, estas reivindicaciones puramente materialistas no se expresan tanto en el espacio de producción de la fábrica como en el espacio de reproducción de la vida -la comunidad, el barrio, la ciudad, el hogar-. Pero, sobre todo, se produce una ruptura fundamental con el movimiento obrero en cuanto a los sujetos protagonistas de la movilización y, especialmente, respecto a la identidad colectiva de los mismos. Los movimientos analizados no son protagonizados por la clase obrera, aunque podamos hablar del campesinado en el caso zapatista la identidad del movimiento se sustenta más en la condición indígena que campesina.

Los protagonistas son, por una parte, el pueblo indígena y campesino en el movimiento zapatista; por otra, de forma especial, aunque no exclusivamente, los estudiantes en el 132. Estudiantes que pertenecen efectivamente a la clase media que, junto a sectores periféricos, fueran protagonistas de los movimientos en los años 60 y 70; pero, una clase media precarizada, en consonancia con el movimiento obrero. En términos de identidad, ambos movimientos no se identifican con la clase obrera clásica, pero sí con la actitud militante izquierdista en el caso del Neozapatismo, cosa menos evidente en el 132. Sin embargo, las reivindicaciones materiales se expresan más como demandas ciudadanas y transversales que como reclamaciones obreras.

En cuanto a los NMS de los años 60 y 70, los movimientos analizados comparten la amplitud de reivindicaciones más allá del economicismo anterior, pero a diferencia de los mismos no están tan parcializados en nichos concretos -feminismo, ecologismo, pacifismo, etcétera-; son en cierta medida más transversales, están más articulados por un marco maestro general en torno a cuestiones como la soberanía y la democracia. Un marco democrático que a la vez comprende valores inmateriales como la participación y la autonomía -en linea con los NMS- y asuntos materiales en términos de derechos sociales y económicos.

Por otra parte, sus formas de organización son también horizontales, participativas y de rechazo a las jerarquías, en línea con los NMS y en contraposición con el movimiento obrero, particularmente, en sus versiones marxistas-leninistas o socialdemócratas, no así de versiones anarquistas, concejistas, etcétera, que también forman parte de esta tradición antiautoritaria. Sin embargo, ambos movimientos discrepan en torno al rechazo a la participación institucional, muy presente en los NMS. En el caso del zapatismo el rechazo, al menos en sus primeros años, es evidente, apostando por la autonomía de sus territorios y negándose a establecer alianzas con fuerzas políticas de izquierdas en el Estado mexicano, como la candidatura de López Obrador. Sin embargo, esto no sucede de igual forma en el movimiento #Yosoy132. Aunque este apela a su apartidismo, el proceso electoral es de hecho el motivo que hace surgir al movimiento que reclama la radicalización democrática más a través de la mejora del sistema electoral (incluyendo la pluralidad mediática como punto fundamental) que mediante la construcción de territorios autónomos gestionados de forma asamblearia. De hecho, la inmensa mayoría de los activistas del 132 entrevistados afirmaron haber votado por Obrador, a pesar de ser críticos del candidato y, especialmente, del PRD, su antiguo partido. Muchos de ellos, a pesar de su simpatía por el movimiento neozapatista, critican la actitud de los zapatistas en las elecciones, en particular a “La Otra Campaña”.

Finalmente, en los últimos años se extiende la denominación de novísimos o nuevos nuevos movimientos sociales (NNMS) (también llamados recent social movements o nuevos movimientos globales) que trata de abordar unos movimientos contemporáneos que ya no son los clásicos ni tampoco los otrora nuevos movimientos de los años 60 y 70. El movimiento altermundista es el protagonista del nuevo paradigma, siendo el Neozapatismo un antecedente fundamental para el mismo. El movimiento global ya adelanta algunas de las cuestiones aquí señaladas; concentra su atención en cuestiones materiales e inmateriales, y en una rica pluralidad de sujetos que protagonizan la movilización. Dirige sus críticas a la OMC, el FMI o el Banco Mundial como símbolos del capitalismo global, pero la denuncia no solo se centra en las consecuencias económicas de su gestión sino también sobre sus efectos medioambientales; sobre la protección del consumidor; sobre la salud; sobre la soberanía de los países acorralados por la deuda; sobre las poblaciones indígenas; sobre la unificación cultural, etcétera. Es en esa denuncia donde se enmarca el Neozapatismo mexicano. Sin embargo, si bien el altermundismo puede considerarse un antecedente, no es pertinente identificarlo a movimientos como el 132.

Movimientos como el 132 o el 15M marcan diferencias fundamentales; estas se dan sobre todo en términos de identidad. Tanto los NMS como el movimiento global, a pesar de su heterodoxia y su pluralidad, siguen manteniendo una identidad militante y, si no obrera, sí izquierdista, antisistémica, muy diferente de la identidad presente en nuevos movimientos, como el 132, que adopta una identidad más ciudadanista, mucho más abierta y transversal. Sin ser ortodoxos, en el movimiento global y el zapatismo predomina una identidad militante y radical de izquierda, quizás más anarquista y heterodoxa, pero en cierto modo clásica, diferente a la identidad mucho más transversal y ciudadanista del 132.

El zapatismo puede enmarcarse sin dificultades en el ciclo de los NNSM o nuevos movimientos globales y es, de hecho, pionero del ciclo de movilización altermundista en su denuncia de la globalización y su intersección entre lo local (desde las montañas del sudeste mexicano) y lo global (a la humanidad), en su uso de las nuevas tecnologías comunicativas, como Internet; en su apuesta por formas de organización asamblearias y la radicalización democrática (caracoles), y su reivindicación de una soberanía en declive por el poder de las instituciones supranacionales (aunque también, en este caso, respecto al Estado mexicano a través de las zonas de autonomía zapatista), así como en la combinación de reclamaciones materialistas y posmaterialistas.

Sin embargo, movimientos como el 132, a pesar de heredar algunas características del ciclo precedente, marcan diferencias fundamentales en torno a la identidad -más transversal y ciudadanista, menos izquierdista y militante- alejada de los símbolos de la izquierda clásica evidentes a pesar de su renovación en el zapatismo, por ejemplo, a través de la guerrilla, aunque con un uso más simbólico que militar.

El 132, comenta un activista, “representa una mutación de cómo eran los viejos movimientos sociales del siglo XX y cómo fueron derrotados, a una posibilidad de actuar en base a la tecnología contemporánea con un discurso novedoso” (Activista, Grupo de discusión en México DF, comunicación personal, 2013). El 132 es un movimiento interclasista que rechaza las etiquetas de la izquierda, incluso alejándose del discurso renovado del Neozapatismo. Iniciado por estudiantes del centro de enseñanza de élite Universidad Iberoamericana, el 132 será acogido con recelos por la izquierda clásica y, particularmente, por los estudiantes de la UNAM. Los activistas entrevistados hablan de la capacidad del movimiento para unir “a la banda fresa, a la banda pija, y a la banda del barrio” o, con cierta ironía, de la unión de “burgueses y proletarios” (Activistas, Grupo de discusión en México DF, comunicación personal, 2013). Comparte claramente la identidad del 15M español que en su manifiesto inicial proclamaba “No somos ni de izquierdas, ni de derechas […] unos nos consideramos más progresistas, otros más conservadores...” (Democracia Real Ya, s.f.).

Este alejamiento de la actitud militante izquierdista, que se produce sobre todo en términos de discurso e identidad y estratégicos, sin tener por qué conllevar una pérdida de radicalidad, se muestra en múltiples aspectos, desde el uso de la tecnología hasta la postura frente a la participación electoral en el sistema político institucional.

En cuanto al uso de las TIC, en el movimiento Neozapatista fue sobre todo mediada a través de activistas mexicanos e internacionales de la autonomía europea y norteamericana. Hay que tener en cuenta también que se produce en una fase inicial de la Red, en la que la comercialización no había llegado al estado actual. Sin embargo, podemos percibir un uso militante de las TIC, apostando por tecnologías libres con un alto nivel de apropiación y en la estela del movimiento hacktivista y la cultura hacker. Muy diferente es el uso de 132, que emplea plataformas comerciales y, aunque subvierte los usos predominantes de las mismas, no se preocupa mucho por el uso y desarrollo de tecnologías libres. Esta realidad resultó evidente en las entrevistas a colectivos de hackers mexicanos, en particular en el Rancho Electrónico, del DF. Los colectivos hackers mexicanos y el 132 evidenciaron una nula colaboración, más por desinterés de ambas partes que por otra cosa. Siendo México pionero del hacktivismo a raíz del EZLN este hecho resulta sorprendente. Contrasta además con el 15M español que a pesar de surgir con el uso de redes comerciales encontró pronto un aliado fundamental en las comunidades hacktivistas, como la del Patio Maravillas y fue poco a poco adquiriendo un mayor nivel de apropiación tecnológica, desarrollando y promoviendo nuevas plataformas basadas en tecnologías libres. De hecho, en el trabajo de campo, en concreto en las entrevistas realizadas durante el XVI Encuentro Nacional del movimiento 132 celebrado en julio en la ciudad de Zacatecas, se constató como el asesoramiento al 132 en materia tecnológica llegaba directamente desde los colectivos hacktivistas del 15M; no obstante, el 132 y el 15M comparten un uso de las TIC que contrasta con la actitud mucho más militante de movimientos precedentes como el Neozapatismo y el altermundismo. Aunque con un uso subversivo, utilizan sin pudor las redes sociales comerciales. Priorizan la utilidad estratégica antes que principios restrictivos, digamos que aceptan las reglas del juego, aunque no las compartan. Si sirve a la causa, no se bloquean por contradicciones maximalistas. Ello no quiere decir que no tengan cierta conciencia de dichas contradicciones o que acepten las reglas del juego. De hecho, como muestra el 15M, están dispuestos a replantearse el uso de las redes comerciales si, gracias al apoyo de colectivos hackers, tienen la posibilidad de usar herramientas libres, pero no renuncian al uso de las redes comerciales por principio, están abiertos a subvertir al menos su uso si encuentran utilidad en las mismas.

Una actitud similar se muestra respecto a la política institucional y la posibilidad de participar en las elecciones. En el contexto mexicano este debate entre la acción extrainstitucional y la apuesta electoral se manifiesta claramente en la disparidad de estrategias entre el EZLN y los apoyos directos o indirectos a López Obrador y, posteriormente, a Morena, por parte de los activistas del 132. La apuesta por los cauces institucionales en el 132 se da desde una perspectiva crítica pero que prima el componente estratégico: “El riesgo del 132 es separarse demasiado del Estado como el EZLN, si no estás perdiendo una perspectiva táctica y estratégica que es muy importante” (Activista, Grupo de discusión en México DF, comunicación personal, 2013).

No se trata ya de la revolución contracultural de los grassroots movements de los años 60 y 70, o de la apertura de zonas temporalmente autónomas (TAZ, por sus siglas en inglés) teorizadas por Bey (1991) y aplicadas por el movimiento Okupa o el Zapatismo (caracoles); lo que algunos autores han denominado un radicalismo autolimitado de los NMS, pues conjugaban la aspiración de transformar totalmente la sociedad a través de microluchas en la vida cotidiana, renunciando a la política formal y el poder institucional, es decir, autolimitándose. En este sentido, la afinidad, e incluso admiración de los activistas del 132 hacia el Neozapatismo -en cuyos comités de apoyo han militado anteriormente muchos de los jóvenes entrevistados-, no invalida las discrepancias estratégicas e incluso las críticas hacia la estrategia zapatista en torno al proceso electoral. “Estoy de acuerdo en la propuesta y la construcción de alternativa (del EZLN) pero no estoy de acuerdo en su estrategia política porque el hecho de salirse de la noción del Estado es no entrar en el debate” (Activistas, Grupo de discusión en México DF, 2013).

De nuevo la actitud del 132 respecto a las elecciones se asemeja a la del 15M español. La ausencia de alternativas electorales sólidas con capacidad de victoria en España dejó abierto el espacio para que surgieran nuevos candidatos y partidos, desde la opción activista del 15M, y el movimiento por la vivienda Ada Colau, que hoy gobierna Barcelona hasta el surgimiento de Podemos y las candidaturas municipalistas. En México, sin embargo, ese espacio político no estaba vacío. El liderazgo de López Obrador tenía la legitimidad suficiente para captar el voto útil del activismo del 132. Un voto muy crítico, sobre todo respecto al PRD, que entonces lideraba el Peje, pero suficiente para ocupar un espacio político que, en España, se presentaba como un erial.

No obstante, en la política mexicana reciente, que Obrador abandonara el PRD y la formación de Morena podrían asimilarse a lo ocurrido en España. El enorme carisma del líder entre la juventud del 132 era lastrado por su antiguo partido, algo que parece haberse solventado con la creación de Morena; sin duda, un partido personalista a la medida de Obrador, pero que refleja un cambio similar al de España, pues en definitiva se trata de un nuevo partido que irrumpe con enorme fuerza en el sistema electoral mexicano, aunque mantener al histórico líder de la izquierda le da una continuidad muy diferente a la ruptura producida por Podemos en el contexto español.

Uno de los activistas del 132 entrevistados en Zacatecas participaba de hecho en la formación inicial de Morena, algo que era respetado por los compañeros del movimiento, aunque el resto de activistas y el doble militante se esforzaban por dejar clara la separación entre ambos espacios.

CONCLUSIONES

El Neozapatismo y el 132 mexicano representan culturas e identidades políticas bien diferenciadas, lo que se evidencia tanto en sus prácticas y discursos como en su forma de usar las nuevas tecnologías comunicativas, o su actitud hacia la esfera institucional y la participación en los procesos electorales. Estas diferencias responden a diferentes contextos y composición de clase de ambos movimientos, pero también parecen ilustrar una evolución global desde el ciclo de movilización altermundista, con el Neozapatismo como precedente, hasta los movimientos contemporáneos del ciclo de protestas de 2010-2016, como el propio el #Yosoy132, el 15M español, la Geração à rasca, en Portugal o el Occupy, en el mundo anglosajón.

Los movimientos contemporáneos, a diferencia del ciclo global, presentan en general una identidad más transversal y ciudadanista que se aleja conscientemente de la identidad militante izquierdista, con una renovación de discursos y formas de acción colectiva que parece responder tanto a una crítica a los fallos de la izquierda ortodoxa como a una apuesta estratégica por lograr amplios apoyos sociales que transciendan las identidades políticas previas y traten de materializar logros concretos, sin renunciar para ello a la vía institucional.

El surgimiento de Podemos y las candidaturas municipalistas en España, los apoyos al candidato Bernie Sanders, en EEUU, o a Jeremy Corbyn, en el Reino Unido, e incluso el surgimiento de Morena, en México, y su amplio apoyo electoral podrían derivar, con todas las cautelas, del resultado de los nuevos movimientos precedentes -15M, Occupy, 132- que comienzan a tener influencia en la esfera electoral.

Acknowledgements

Esta investigación forma parte del Proyecto de I+D “Ciberactivismo, Ciudadanía Digital y Nuevos Movimientos Urbanos” financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia. Cofinanciado con Fondos FEDER (Ref: CSO2016-78386-P).

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ISSN: 2007-2678

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